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Averroes y Maimónides hoy

 

Dr. José Rentería Torres

Médico General
 

 

Estos dos filósfos expresaban que no hay contradicción entre las verdades de la fe y  las verdades de la razón.

 

Hoy deseo escribir sobre los bombazos que se están dando entre los palestinos y los judíos, pero no quiero hacerlo del lado de uno de los bandos, sino más bien me pondré en medio de los dos. Por lo que me voy al tiempo y regreso hasta llegar al siglo XII. 

 

Estoy  en la Ciudad de Córdoba en España, mejor dicho me encuentro en el Al-Ándalus en donde conviven dos jóvenes. Uno nació nueve años antes que el otro, por lo que al tiempo el mayor fue también maestro del menor.

 

Los dos fueron grandes médicos y teólogos -cada quien en sus respectivas religiones-, además ambos fueron matemáticos y filósofos. Me refiero a los Sabios de Córdoba, Averroes de ascendencia árabe y Maimónides descendiente de judíos. 

 

En el presente

 

Discúlpenme, pero tengo que regresar al presente que me trae de donde andaba, para ir a una comida con amigos al restaurante los Otates. Más adelante seguiré con los Sabios de Córdoba. 

 

El tráfico es intenso. El rojo del semáforo me hizo voltear al otro lado del puente en donde vi un naranjo anaranjado de fruta, su imagen me trajo la figura de aquel árbol de la navidad de mi infancia.

 

Mi padre lo colocaba en el centro de la pieza en un tambo de fierro de cincuenta litros y lo llenaba de naranjas para sostener en vertical al arbolito. Enseguida, el algodón del consultorio de mi padre iba a parar en el adorno de aquellas hojas puntiagudas.

 

Con estos recuerdos el tráfico pasó de largo. Llegamos a la comida, éramos unas seis parejas y una viuda quien se hizo acompañar por su hijo, su nuera y tres nietos. 

 

La conversación devino a las diferencias que existen en la relación de parejas y como si fuera un acto fallido, desde el inconsciente empezaron a brotar lo que se nos hace presente en nuestras vidas. “Para que a mí me mande una mujer, antes me voy a vivir a Guatemala”, dijo el hijo de aquella viuda. Inmediatamente una mueca de desagrado apareció en la esposa, en cambio la suegra sonrió con una satisfacción edípica; había ganado aquel round de amores a su nuera.

 

Aprender y Aprehender

 

¿Realmente hubo algún ganador en aquella competencia amorosa? La polémica subió de tono por una rampa “suavecita”, cuando la esposa “derrotada” mejor se fue a cuidar a sus hijos… Tal vez, preparándolos  para una siguiente generación. 

 

Tomemos la frase: “para que a mí me mande una mujer…” para preguntarnos sobre el tipo de sexualidad que se esconde en esta afirmación. Obviamente, es una conducta aprehendida desde la infancia y sostenida por un amor. 

 

Ni quien lo dude, la manera de cómo ejercemos nuestra sexualidad es aprehendida y aprendida. 

 

En este doble aprendizaje quien realmente hace varón a un hombre, es una hembra y viceversa, quién hace hembra a una mujer, es un varón hombre. ¿Con qué libertad o represión aprendimos esto de la sexualidad? 

 

Ya de regreso en casa, vuelvo al siglo XII. Estamos en el Califato de Córdoba. Allá, sus habitantes hablaban el árabe, el hebreo y el latín, de donde se gestó grandemente el español con el que tres siglos después Cervantes escribió, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Bien, en aquellas tres culturas hechas una, crecieron dos hombres, quienes forzarían al mundo de aquel entonces a pensar con los pies puestos en la tierra.

 

Filosofía aristotélica

 

En el siglo X el médico y filósofo persa, Avicena, ya leía la Metafísica de Aristóteles. El aristotelismo fue prendiendo por todos los emiratos y califatos del norte de África, cruzó por el estrecho de Gibraltar, hasta llegar a las tierras del Al-Ándalus en el Califato de Córdova.

 

Entonces, en el Al-Ándalus, convivían árabes, judíos y cristianos y en esta conjunción de culturas, llegó el pensamiento aristotélico a aquellas escuelas árabes a donde concurrían los niños que ahí habitaban.

 

Ahí crecieron juntos el árabe Averroes y el judío Maimonides, los dos fueron a las mismas escuelas, los dos sufrieron persecuciones y destierros, porque disentían de aquellos que afirmaban que las ciencias profanas –la filosofía- eran un peligro para la religión. Ambos sostenían que la tarea de la filosofía, era comprobar racionalmente las verdades de la religión; expresaban que no hay contradicción entre las verdades de la fe y  las verdades de la razón. Los dos deseaban armonizar la fe y la razón, la religión y la filosofía. Ambos aseveraban que la ciencia –la razón- no se contraponían ni al Corán ni al Pentateuco.

 

Luego, el aristotelismo de ambos sabios de Córdoba, siguió por el norte del Mediterráneo, hasta llegar a la Italia de Tomás de Aquino –o el Aristóteles cristianizado como diría un día mi maestro Jorge Manzano-, quien puso en jaque a la teología de la Patrística que había venido enseñando la Iglesia Católica por alrededor de mil años. La razón no se contrapone a la fe. La mano de Aristóteles tocaba la puerta de Europa para ayudarla abrirse hacia la Era Moderna.

 

Vuelvo por donde comencé y hoy, los rígidos que le apuestan al “dogma” de la pureza literal de las escritura o de las verdades aprendidas del machismo sostienen que sus ideas, son verdades absolutas.

 

Por esto, el pensamiento de Averroes y de Maimónides debería de estar hoy entre nosotros para recordarnos que, desde la razón unida al sentir, podemos encontrar juntos, puntos coincidentes entre los contrarios; en donde la vida de las personas estuviera antes que la “pureza literal y exacta” de las escrituras. Y pensar que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo tienen el mismo tronco religioso. ¿En dónde podría estar la conjunción del monoteísmo?

 

Cómo recuerdo aquel san juanico que mis padres armaban como árbol de navidad.  

 

José Rentería Torres.
Médico
e-mail: joret@iteso.mx

 

 


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